¿Qué es en realidad el famoso estado de opinión?

Ha surgido recientemente una novedosa, aunque no original, teoría de corte joseobdulesca, escuchada de labios del Presidente, en trance reeleccionista: el Estado de opinión que, según sostiene el mandatario, es la fase superior del estado de derecho.
Tal excepcional estado es, llanamente, un burdo mecanismo de dominación que fue utilizado poderosamente en el siglo pasado por doctrinas tan nefastas como el Nacionalsocialismo (el nazismo alemán de Joseph Goebbel y Hitler) y el Facismo (la doctrina de Benito Musolini). Este estado de excepción se trata de un nuevo engendro conceptual con el cual se pretende superar el Estado de Derecho. Miremos si no; en este gobierno ya estamos viendo cómo los consejos comunales pretenden ocupar el lugar de las corporaciones públicas. ¡Increíble! Hasta con la irrefutable y sólida teoría del Estado se metió la maquinaria de propaganda gobiernista. Al parecer no significan nada los tratados académicos que versan sobre las doctrinas del estado, frente a la enardecida ambición de permanecer en el poder.
Nadie ignora que los seres de esta época somos los individuos más condicionados y programados que el mundo ha conocido en toda su historia. No sólo nuestros pensamientos y actitudes están siendo continuamente modelados, sino que nuestra propia conciencia de ello parece que está siendo inexorable y sutilmente borrada. Por tal razón, no nos extraña que líderes autoritarios siembren en la población la creencia de que son imprescindibles. Su permanente presencia, fortalecida hoy en día por los medios, obnubila y vuelve, sin duda, vasallos a sus seguidores. La aureola gloriosa del soberano los persuade de que sin él están perdidos y acontecerá la catástrofe.
El Estado de opinión es un eufemismo para volver popular a una democracia, donde el querer de la masa es ley. La pasión dominante no está dispuesta a respetar nada distinto a su deseo. Su menosprecio del derecho es visible. De ahí que el Estado de Derecho se disuelva en la voluntad popular. Las minorías se malogran en la pretensión manipulada del interés general. Todo ello nos muestra que una manoseada psicología de masas reemplaza sin ninguna duda la reflexión política equilibrada.

Envejecer, proceso normal de la vida

Para muchas personas la palabra vejez constituye el más tenebroso estigma con que alguien las puede grabar, y, sintiéndose así menoscabadas, buscan la forma de eludir esa temible designación. Con el paso de los años, la consideración de "viejo" que le damos a alguien ha variado, según nuestra conveniencia; un hombre de cuarenta años es un viejo cacreco para quien tiene 20 años, pero no lo es para quien tiene sesenta, puesto que una persona sesentona considera muchacho a un cuarentón.
Es que, queridos amigos, la vejez pareciera aterrar, como si este periodo importante de la vida no perteneciera al periplo vital. Es tan despreciable la vejez para la mayoría de los mortales, que suscita comentarios mordaces y burlas permanentes para quien ya se está aproximando a la adultez tardía, tercera edad, veteranía o cualquiera de los innumerables vocablos con que se suele denominar a la edad provecta. De ahí que el apacible pasatiempo de algunos de los hombres jubilados y veteranos de Buga, de congregarse en el parque de Cabal para departir amigablemente con sus coetáneos amigos, ha conseguido que el nombre del ilustre parque haya cambiado y se haya trocado por el de "Parque de las palomas caídas", en picaresca alusión a la supuesta e "inevitable" disfunción eréctil que presuntamente sufren los hombres entrados en años.
Quién lo hubiera pensado; en la actualidad los científicos sociales especializados en el estudio del envejecimiento, se refieren a tres grupos de adultos mayores: "viejo joven", "viejo viejo" y "viejo de edad avanzada". Cronológicamente, el viejo joven está entre 65 y 74 años, y por lo general es activo, vital y vigoroso; el viejo viejo está entre 75 y 84 años, y el viejo de edad avanzada está entre 85 y más. Será que esta clasificación, si somos cuidadosos de la salud y positivos de mentalidad, y si nos lo permite el modelo neoliberal que nos rige, ¿podría proporcionar a los veteranos que aún tienen la esperanza de pensionarse, la feliz esperanza de vivir, por ventura, largamente?
Hoy ya suenan campanas de alerta, recientemente Fedesarrollo sugirió que se debe aumentar la edad para que los colombianos puedan pensionarse. Pero eso aparte y más allá de otras imágenes distorsionadas, es necesario mirar con objetividad la realidad verdadera y multifacética de la vejez. La edad adulta tardía no es ni el momento culminante de la vida ni lo contrario, sino un periodo normal del ciclo vital con sus propios desafíos y oportunidades.

¿Si será eficaz la seguridad democrática?

El concepto de seguridad democrática difiere esencialmente del concepto de seguridad nacional o seguridad del estado en cuanto que las acciones y políticas públicas de una auténtica seguridad democrática no se orientan exclusivamente a la preservación y fortalecimiento del orden institucional, sino a la consolidación integral de la sociedad en su conjunto, constituyendo dicha política de protección el conjunto de condiciones que les permita a los ciudadanos y a las instituciones, materializar sus proyectos de vida sin mayores incertidumbres que las normales dentro de la vida en sociedad.
Pero en nuestro país, es harto evidente que el actual gobierno no ha emprendido acciones trascendentales para superar la dramática situación social; la crisis humanitaria que padece Colombia ha alcanzado una evolución que resulta verdaderamente impresionante. No olvidemos que nuestra patria ocupa un deshonroso segundo lugar dentro de los países con más desplazados en el mundo.
Sumémosle a esta ignominia las impresionantes cifras de desempleo y el drama de los millares que se rebuscan en los semáforos y basureros (recicladores que hoy no pueden hacerlo, pues Ecoeficiencia, una de las empresas de los multimillonarios hijitos de Uribe, se encargará de ello, dejando a miles de familias sin formas de subsistencia). Los que apenas se sostienen con el irrisorio salario mínimo y la inestabilidad laboral, no están mucho mejor. Entonces cabe aquí preguntarse ¿Será que estos millones de compatriotas tienen seguridad en sus vidas, y las de sus hijos; en sus bienes, en su salud, educación, vivienda, recreación…?
Sin embargo, para encubrir el desinterés del actual gobierno por lo social (ni por las vías, ni la producción agrícola, ni la salud, ni la educación), se dice que el presidente Uribe -de todos modos- ha mejorado la seguridad en las vías a la Costa en vacaciones. Pero, no será lo anterior, (el hecho de que la gente salga a vacaciones escoltada por tanques y helicópteros artillados), un síntoma de inseguridad, más que de seguridad; además, por la innegable razón de que la seguridad en las ciudades no ha mejorado, todo lo contrario según lo confirman los medios, día por día se incrementan los asesinatos, secuestros, fleteos, etc.
Entonces parece algo de Perogrullo el que muchos de esos millones de colombianos -sin empleo serio ni educación ni esperanzas- intenten sobrevivir acudiendo a medios ilegales como la guerrilla, el narcoparamilitarismo o la delincuencia común. Es que, definitivamente, mientras no se tomen correctivos estructurales para mejorar los conflictos sociales, es imposible que una genuina seguridad democrática se alcance.
Para completar este inseguro panorama nacional que hoy vivimos, tenemos los tenebrosos crímenes de Estado representados en los "falsos positivos", aparte de la paramilitarización del Congreso y el DAS y las chuzadas telefónicas a todos los que no comulgan con la fórmula uribista. Más grave aún: las generalizadas amenazas contra académicos, ONG’s, sindicalistas, indígenas, periodistas y líderes populares.